"No vinimos a este mundo para estar solos"
A mis 20 años, aquella afirmación me causó gracia, cómo por qué me decía esto alguien que poco conoce de mí? Sí soy la persona más "social" que conozco.
Creo que en ese momento no comprendí lo que realmente me estaba tratando de decir, sino hasta hoy, que reflexiono en lo que hace poco pasó.
A pesar de ser una persona que ama estar con el otro, saber del otro, aprender del otro, reír y llorar con el otro, hubo una situación que me llevó a cerrar esas puertas. A ponerle pausa a las conexiones.
Y por dos años, cual cangrejo, caminé hacía atrás e hice de mí misma mi guarida, mi refugio, mi soporte.
Era tal mi caos interno, que ya no quería lidiar con el otro, desahogarme implicaba escuchar consejos que no estaba lista para tomar, y dejar al otro hablar implicaba llenar mi cabeza con sus situaciones y sentir que "tenía que ayudar" cuando ya con lo que yo estaba viviendo era más que suficiente.
Es decir, las conexiones me resultaban abrumadoras y desgastantes. Por ello, las puse en pausa y me alejé.
Y así, poco a poco, fui dejando de enviar los mensajes que siempre procuraba, fui dejando de asistir a eventos, fui dejando de responder llamadas... Ya no quería más, ya no podía más.
Dicha distancia cobró efecto y de la misma manera que yo me alejé, los demás también se alejaron de mí. O al menos así lo percibí.
Al punto que cuando me sentí sobrepasada en la situación y busqué a mi alrededor, sentí que ya no había nadie.
Y no porque no estuvieran, simplemente sentía que había una distancia enorme que yo misma había creado y me resultaba casi ridícula la idea de venir a "molestar" cuando por tanto tiempo yo les abandoné.
En ese momento, hace algunos meses, todo estalló. Al sentirme realmente sola, incapaz de contar con alguien y con la situación al borde del desastre... Me perdí.
Y en ese día soleado, mientras sonreía a los demás, donde todo parecía tan perfecto... Mi mente salió de control y me llevó a un estado de ansiedad que, si bien ya reconocía, me fue casi imposible controlar.
De pronto de la nada, el todo se me vino encima y me sentía sola, incapaz de molestar a alguien... Porque nadie estaría para mí.
Para quien ha experimentado un ataque de ansiedad, sabe que la sensación de sufrimiento y dolor es tan real como si te estuvieran lastimando, y aunque generalmente dura entre 5 y 10 minutos, para quien lo está viviendo parecen horas...
Ese día, tuve tres momentos de pánico, en el primero los ejercicios de respiración y mi mantra me trajeron de vuelta, en medio de lágrimas y mucho dolor, me traje al presenté... Pero de pronto, un abrazo, las preguntas, el todo estará bien... Y mi mente traicionera me hicieron caer y un segundo ataque sucedió, esta vez más intenso, más doloroso y más difícil de controlar. Mi mente no paraba, ya no me dejaba respirar, todo lo que quería hacer era mantenerme en ese estado de alerta porque sentía que algo malo estaba apunto de pasar. El corazón latía más aprisa, mis ojos no paraban de llorar y de pronto todo dió vueltas y por un momento me sentí desmayar.
En ese instante, tomé toda la fuerza de voluntad que pude porque no me podía permitir enfermar, mi salud, era en ese momento, y aún lo es, mi tesoro más grande y de ella y de pensar en mi familia y los que cuentan conmigo, me trajo de vuelta. Poco a poco fui ganando control, el corazón bajaba la velocidad, la respiración volvía a mí. Las lágrimas parecían dejar de salir.
Me enjuague el rostro con agua fría al menos 10 veces antes de salir de aquel lugar donde me había resguardado. Una vez afuera, me acerqué a la ventana más cercana, aún temblando, aún mareada, comenzaba a tomar control de nuevo, todo parecía tan normal otra vez... Y de pronto...
Una voz, recuerdos, otra vez dolor... Una tercer y última crisis de ansiedad.
Ahí, ya sin fuerzas, ya con lágrimas nuevamente en los ojos y con nula voluntad de hacer algo por mí, no tuve otra opción más que gritar ayuda.
Y así, fue que pedí llamar, con las pocas fuerzas que tenía, a quien mi corazón me indicó. No lo pensé, sentí peligro y lo primero que salió de mi boca fue su nombre.
Y así, ella me ayudó, y con su calma y su cariño, me apoyó a salir de ese trance que duró más de lo que me hubiera gustado vivir, más de lo que en este momento quisiera recordar.
Y poco a poco, volví en mí. Después de llorar, después de volver a respirar, después de caminar y sentir el aire fresco en mí. Pude hablar y descargar en ella, no solo aquello que en ese momento dolía, sino todo aquello que había estado doliendo y que no había querido o podido sanar.
Y después de tanto hablar, de tanto llorar, de mucho abrazar... El mundo no parecía tan peligroso y mis problemas no parecían tan imposibles y lo mejor, ya no me sentía tan sola.
Gracias a ese episodio, por doloroso que fue, abrí de nuevo los ojos y mi corazón hacía el mundo que me rodea, a las personas que están a mi alrededor, pude ver de nuevo que siempre habían estado ahí, que seguían ahí, con brazos abiertos y un corazón dispuesto no solo a escuchar sino a ayudar también.
Entre lágrimas aquel día yo me decía... Estoy sola, no tengo una red de apoyo, solo me tengo a mí para salir de esto... No one is coming...
Que equivocada estaba, apenas empecé a hablar, me dí cuenta que ciertamente no tengo una red de apoyo, tengo un arsenal de gente hermosa que me ama y a pesar de mis errores, siguen ahí.
Algo bueno he de haber hecho en está vida porque ciertamente, en el momento más oscuro me mostró que no estoy sola. Y tú tampoco lo estás.
Aún y cuando las situaciones parecen no tener final, aunque parezca que no hay solución, si estamos acompañandos, tarde o temprano pasarán.
No porque vayan a solucionar nuestros problemas, es nuestro deber y obligación hacerlo, sin embargo, saber que hay alguien ahí a tu lado, para escucharte, para darte aliento, para ofrecerte un abrazo, para darte ese empujón cuando ya no puedas más... Lo vale todo.
Gracias a cada uno de ustedes que ha estado ahí, gracias a ti que notaste la tristeza detrás de mi sonrisa, la angustia detrás de mi mirada y aún sin palabras, me abrazaste el alma.
La soledad es clave, pues es en ella que nos encontramos con quien realmente somos, pero no es sino en compañía que realmente trascendemos en esta vida.
Definitivamente, no vinimos a este mundo para estar solos. Y ya sé a qué se refería aquella mujer y su consejo... no se trata de físicamente, sino de emocionalmente solos.
Aquí estoy, para ser tu soporte en este viaje emocional llamado vida, un abrazo, un silencio cómodo, mis oídos y todo mi corazón están para ti.


