Sí, algo tan pequeño e insignificante, que incluso podemos pasar desapercibido durante muchos años puede estar arruinando nuestros planes.
¿Cómo es posible que algo tan mínimo me eche a perder lo que con tanto empeño estoy tratando de conseguir?
A veces es tan difícil notarlo, pero si hacemos un alto y observamos con atención y enfoque nuestro camino, se vuelve todo tan claro.
Empiezas una dieta y a los dos minutos te ves rompiendo las "reglas". Tu trabajo ya no es un lugar de crecimiento y sin embargo te quedas ahí 5 años. Te gustaría llegar a ser líder pero no sabes por qué los demás no te siguen.
¿Qué te detiene? Qué te impide conseguirlo?
Es la piedrita en tu zapato
Me tomó 10 años de mi vida encontrar mi piedrita...
Cada que quería intentar algo nuevo, algo diferente, algo apasionante... Estaba ahí, lastimando mis pies al primer paso, al segundo paso, casi antes de pisar la meta.
Recorrí numerosos caminos con ella en mi andar, y por momentos notaba la incomodidad, sentía que algo estaba mal, o de plano dolía... algo dolía. Sin embargo, no era capaz de detenerme a ver, de dónde provenía el dolor.
Lo buscaba afuera, en los otros. Seguramente hay algo mal con ellos. La incomodidad viene de fuera, el dolor viene de afuera, me decía a mi misma, mientras mi pie sangraba poco a poco, lentamente.
Un día simplemente ya no pude más, el dolor fue tan grande y tan insoportable que dejé de caminar. Me rendí. Y por algunos años me quedé ahí, inmóvil, estática, detenida, sin nada más que dar. Sin intentar nada nuevo, sin seguir mis instintos. Ya no quería más dolor y seguir caminando implicaba una gran cantidad de él. Ahí, quieta, estaba a salvo.
En esa quietud, en ese silencio, en ese momento en que todo parecía tan confuso y tan carente de sentido fue que la encontré.
No fue un encuentro casual, ni mucho menos una cita planeada. Fue más bien como hallar la salida a un laberinto. El
misterioso laberinto de mis emociones.
Fue como encontrar tierra firme mientras se hunde tu barca. Fue como abrir el paracaídas justo antes de tocar piso. Así fue nuestro encuentro, aún más doloroso que cargar con ella, aún más confuso entender cómo llegó ahí.
Pero, ¿quién te puso ahí? Alguien que quería hacerme daño seguramente, pensé. Qué ingenua, aún en medio del encuentro, aún teniéndola en mis manos, yo seguía negada a verla.
Después de la tormenta vino la calma, y la pude contemplar. Pude comprender cuándo y cómo la dejé ahí, creyendo que era algo importante, que era parte de mí. Creí que si la tenía conmigo estaría a salvo, pues cuando algo o alguien intentará hacerme daño la usaría a mi favor para defenderme, para protegerme.
Y fue entonces, que dejé de reprocharle su existir, que dejé de castigarme por ponerla ahí, por no quitarla antes de que le hiciera tanto daño a mi pie y por ende a mi andar.
Sin embargo, comprendí que no había más responsable que yo. Yo quien la puso ahí por las razones que creía justas era la única que podía quitarla, no con coraje, ni con desprecio, ni con odio, sino con todo el amor, la empatía y la comprensión de saber que ya no la necesito más.
En ese caos de dolor interno, mientras sonreía a los demás, y todo parecía tan normal, encontré la piedrita en mi zapato. La tomé, la observé, la escuché, la entendí. Y entonces empecé a sanar mi pie, a cuidarlo, a darle lo que necesitaba para volver a ponerse en pie y llevarme lejos.
Y en ese proceso estoy, sanando el daño que yo misma, sin querer y sin buscarlo me causé, al vivir tantos años con esa piedrita en mi zapato, sin embargo no hay reproche, por el contrario me dí cuenta que no necesito deshacerme de ella sino simplemente ponerla en un mejor lugar: en mis manos, para moldearla, para aprender de ella y entonces sí, cuando ya me haya enseñando todo aquello que le corresponde, dejarla a un lado.
En este proceso reafirme que el mundo es tan cruel o tan bello como yo lo quiera ver, y que si bien siempre habrá situaciones difíciles que sortear, no es la piedrita la que me va a ayudar, sino el amor propio y la voluntad de conectar con los demás.
Y tú, ¿Ya la notaste? ¿Qué nombre lleva tu piedrita? ¿De qué tamaño es realmente? ¿Por qué no te deja avanzar? ¿Qué te ha venido a enseñar?
La mía, se llama ansiedad.


