6/02/2020

Mi red de apoyo ❤️

Hace algunos ayeres, alguien me dijo algo que en su momento no tuvo mucho sentido...

"No vinimos a este mundo para estar solos"

A mis 20 años, aquella afirmación me causó gracia, cómo por qué me decía esto alguien que poco conoce de mí? Sí soy la persona más "social" que conozco.

Creo que en ese momento no comprendí lo que realmente me estaba tratando de decir, sino hasta hoy, que reflexiono en lo que hace poco pasó.

A pesar de ser una persona que ama estar con el otro, saber del otro, aprender del otro, reír y llorar con el otro, hubo una situación que me llevó a cerrar esas puertas. A ponerle pausa a las conexiones. 

Y por dos años, cual cangrejo, caminé hacía atrás e hice de mí misma mi guarida, mi refugio, mi soporte.

Era tal mi caos interno, que ya no quería lidiar con el otro, desahogarme implicaba escuchar consejos que no estaba lista para tomar, y dejar al otro hablar implicaba llenar mi cabeza con sus situaciones y sentir que "tenía que ayudar" cuando ya con lo que yo estaba viviendo era más que suficiente. 

Es decir, las conexiones me resultaban abrumadoras y desgastantes. Por ello, las puse en pausa y me alejé.

Y así, poco a poco, fui dejando de enviar los mensajes que siempre procuraba, fui dejando de asistir a eventos, fui dejando de responder llamadas... Ya no quería más, ya no podía más.

Dicha distancia cobró efecto y de la misma manera que yo me alejé, los demás también se alejaron de mí. O al menos así lo percibí.
Al punto que cuando me sentí sobrepasada en la situación y busqué a mi alrededor, sentí que ya no había nadie.

Y no porque no estuvieran, simplemente sentía que había una distancia enorme que yo misma había creado y me resultaba casi ridícula la idea de venir a "molestar" cuando por tanto tiempo yo les abandoné.

En ese momento, hace algunos meses, todo estalló. Al sentirme realmente sola, incapaz de contar con alguien y con la situación al borde del desastre... Me perdí. 

Y en ese día soleado, mientras sonreía a los demás, donde todo parecía tan perfecto... Mi mente salió de control y me llevó a un estado de ansiedad que, si bien ya reconocía, me fue casi imposible controlar.

De pronto de la nada, el todo se me vino encima y me sentía sola, incapaz de molestar a alguien... Porque nadie estaría para mí.

Para quien ha experimentado un ataque de ansiedad, sabe que la sensación de sufrimiento y dolor es tan real como si te estuvieran lastimando, y aunque generalmente dura entre 5 y 10 minutos, para quien lo está viviendo parecen horas...

Ese día, tuve tres momentos de pánico, en el primero los ejercicios de respiración y mi mantra me trajeron de vuelta, en medio de lágrimas y mucho dolor, me traje al presenté... Pero de pronto, un abrazo, las preguntas, el todo estará bien... Y mi mente traicionera me hicieron caer y un segundo ataque sucedió, esta vez más intenso, más doloroso y más difícil de controlar. Mi mente no paraba, ya no me dejaba respirar, todo lo que quería hacer era mantenerme en ese estado de alerta porque sentía que algo malo estaba apunto de pasar. El corazón latía más aprisa, mis ojos no paraban de llorar y de pronto todo dió vueltas y por un momento me sentí desmayar. 

En ese instante, tomé toda la fuerza de voluntad que pude porque no me podía permitir enfermar, mi salud, era en ese momento, y aún lo es, mi tesoro más grande y de ella y de pensar en mi familia y los que cuentan conmigo, me trajo de vuelta. Poco a poco fui ganando control, el corazón bajaba la velocidad, la respiración volvía a mí. Las lágrimas parecían dejar de salir. 

Me enjuague el rostro con agua fría al menos 10 veces antes de salir de aquel lugar donde me había resguardado. Una vez afuera, me acerqué a la ventana más cercana, aún temblando, aún mareada, comenzaba a tomar control de nuevo, todo parecía tan normal otra vez... Y de pronto...

Una voz, recuerdos, otra vez dolor... Una tercer y última crisis de ansiedad.

Ahí, ya sin fuerzas, ya con lágrimas nuevamente en los ojos y con nula voluntad de hacer algo por  mí, no tuve otra opción más que gritar ayuda.

Y así, fue que pedí llamar, con las pocas fuerzas que tenía, a quien mi corazón me indicó. No lo pensé, sentí peligro y lo primero que salió de mi boca fue su nombre.

Y así, ella me ayudó, y con su calma y su cariño, me apoyó a salir de ese trance que duró más de lo que me hubiera gustado vivir, más de lo que en este momento quisiera recordar. 

Y poco a poco, volví en mí. Después de llorar, después de volver a respirar, después  de caminar y sentir el aire fresco en mí. Pude hablar y descargar en ella, no solo aquello que en ese momento dolía, sino todo aquello que había estado doliendo y que no había querido o podido sanar.

Y después de tanto hablar, de tanto llorar, de mucho abrazar... El mundo no parecía tan peligroso y mis problemas no parecían tan imposibles y lo mejor, ya no me sentía tan sola.

Gracias a ese episodio, por doloroso que fue, abrí de nuevo los ojos y mi corazón hacía el mundo que me rodea, a las personas que están a mi alrededor, pude ver de nuevo que siempre habían estado ahí, que seguían ahí, con brazos abiertos y un corazón dispuesto no solo a escuchar sino a  ayudar también.

Entre lágrimas aquel día yo me decía... Estoy sola, no tengo una red de apoyo, solo me tengo a mí para salir de esto... No one is coming...

Que equivocada estaba, apenas empecé a hablar, me dí cuenta que ciertamente no tengo una red de apoyo, tengo un arsenal de gente hermosa que me ama y a pesar de mis errores, siguen ahí.

Algo bueno he de haber hecho en está vida porque ciertamente, en el momento más oscuro me mostró que no estoy sola. Y tú tampoco lo estás. 

Aún y cuando las situaciones parecen no tener final, aunque parezca que no hay solución, si estamos acompañandos, tarde o temprano pasarán.

No porque vayan a solucionar nuestros problemas, es nuestro deber y obligación hacerlo, sin embargo, saber que hay alguien ahí a tu lado, para escucharte, para darte aliento, para ofrecerte un abrazo, para darte ese empujón cuando ya no puedas más... Lo vale todo.

Gracias a cada uno de ustedes que ha estado ahí, gracias a ti que notaste la tristeza detrás de mi sonrisa, la angustia detrás de mi mirada y aún sin palabras, me abrazaste el alma.

La soledad es clave, pues es en ella que nos encontramos con quien realmente somos, pero no es sino en compañía que realmente trascendemos en esta vida.

Definitivamente, no vinimos a este mundo para estar solos. Y ya sé a qué se refería aquella mujer y su consejo... no se trata de físicamente, sino de emocionalmente solos. 

Aquí estoy, para ser tu soporte en este viaje emocional llamado vida, un abrazo, un silencio cómodo, mis oídos y todo mi corazón están para ti.


5/28/2020

La piedrita en mi zapato

No importa qué tan lejos quieras llegar y que tan decido o preparado estés para hacerlo, será casi imposible lograrlo si en el zapato llevas esa piedrita que tal vez ni has notado.

Sí, algo tan pequeño e insignificante, que incluso podemos pasar desapercibido durante muchos años puede estar arruinando nuestros planes.

¿Cómo es posible que algo tan mínimo me eche a perder lo que con tanto empeño estoy tratando de conseguir? 

A veces es tan difícil notarlo, pero si hacemos un alto y observamos con atención y enfoque nuestro camino, se vuelve todo tan claro. 

Empiezas una dieta y a los dos minutos te ves rompiendo las "reglas".  Tu trabajo ya no es un lugar de crecimiento y sin embargo te quedas ahí 5 años. Te gustaría llegar a ser líder pero no sabes por qué los demás no te siguen. 

¿Qué te detiene? Qué te impide conseguirlo?

Es la piedrita en tu zapato

Me tomó 10 años de mi vida encontrar mi piedrita...

Cada que quería intentar algo nuevo, algo diferente, algo apasionante... Estaba ahí, lastimando mis pies al primer paso, al segundo paso, casi antes de pisar la meta.

Recorrí numerosos caminos con ella en mi andar, y por momentos notaba la incomodidad, sentía que algo estaba mal, o de plano dolía... algo dolía. Sin embargo, no era capaz de detenerme a ver, de dónde provenía el dolor. 

Lo buscaba afuera, en los otros. Seguramente hay algo mal con ellos. La incomodidad viene de fuera, el dolor viene de afuera, me decía a mi misma, mientras mi pie sangraba poco a poco, lentamente.

Un día simplemente ya no pude más, el dolor fue tan grande y tan insoportable que dejé de caminar. Me rendí. Y por algunos años me quedé ahí, inmóvil, estática, detenida, sin nada más que dar. Sin intentar nada nuevo, sin seguir mis instintos. Ya no quería más dolor y seguir caminando implicaba una gran cantidad de él. Ahí, quieta, estaba a salvo.

En esa quietud, en ese silencio, en ese momento en que todo parecía tan confuso y tan carente de sentido fue que la encontré.

No fue un encuentro casual, ni mucho menos una cita planeada. Fue más bien como hallar la salida a un laberinto. El
misterioso laberinto de mis emociones.
Fue como encontrar tierra firme mientras se hunde tu barca. Fue como abrir el paracaídas justo antes de tocar piso. Así fue nuestro encuentro, aún más doloroso que cargar con ella, aún más confuso entender cómo llegó ahí.

Pero, ¿quién te puso ahí? Alguien que quería hacerme daño seguramente, pensé. Qué ingenua, aún en medio del encuentro, aún teniéndola en mis manos, yo seguía negada a verla.

Después de la tormenta vino la calma, y la pude contemplar. Pude comprender cuándo y cómo la dejé ahí, creyendo que era algo importante, que era parte de mí. Creí que si la tenía conmigo estaría a salvo, pues cuando algo o alguien intentará hacerme daño la usaría a mi favor para defenderme, para protegerme.

Y fue entonces, que dejé de reprocharle su existir, que dejé de castigarme por ponerla ahí, por no quitarla antes de que le hiciera tanto daño a mi pie y por ende a mi andar.
Sin embargo, comprendí que no había más responsable que yo. Yo quien la puso ahí por las razones que creía justas era la única que podía quitarla, no con coraje, ni con desprecio, ni con odio, sino con todo el amor, la empatía y la comprensión de saber que ya no la necesito más. 

En ese caos de dolor interno, mientras sonreía a los demás, y todo parecía tan normal, encontré la piedrita en mi zapato. La tomé, la observé, la escuché, la entendí. Y entonces empecé a sanar mi pie, a cuidarlo, a darle lo que necesitaba para volver a ponerse en pie y llevarme lejos.

Y en ese proceso estoy, sanando el daño que yo misma, sin querer y sin buscarlo me causé, al vivir tantos años con esa piedrita en mi zapato, sin embargo no hay reproche, por el contrario me dí cuenta que no necesito deshacerme de ella sino simplemente ponerla en un mejor lugar: en mis manos, para moldearla, para aprender de ella y entonces sí, cuando ya me haya enseñando todo aquello que le corresponde, dejarla a un lado.

En este proceso reafirme que el mundo es tan cruel o tan bello como yo lo quiera ver, y que si bien siempre habrá situaciones difíciles que sortear, no es la piedrita la que me va a ayudar, sino el amor propio y la voluntad de conectar con los demás.


Y tú, ¿Ya la notaste? ¿Qué nombre lleva tu piedrita? ¿De qué tamaño es realmente? ¿Por qué no te deja avanzar? ¿Qué te ha venido a enseñar? 

La mía, se llama ansiedad. 





5/20/2020

Coincidir

En la vida llegamos a conocer a tantas personas. Con algunas convivimos más que con otras. Hay quienes apenas llegamos a notar, mientras que hay otros que es imposible pasemos desapercibidos.

De todos estos acercamientos, surgen algunas experiencias que, de vista al pasado, notamos que marcaron un parteaguas en nuestras vidas de tal manera que podemos claramente ver la persona que fuimos antes de dichos sucesos y a la que surgió a consecuencia de ellos.

Si hubiese la posibilidad de hacer un alto a nuestro día a día así tan fácil como detenemos la historia en una película y aún más, tener la posibilidad de retroceder y ver en perspectiva cada encuentro que tuvimos en el pasado, notaremos de qué forma todos ellos modificaron nuestra existencia.

Sin embargo, la vida, siempre en movimiento nos regala cambios, casi siempre inesperados, generalmente sin anunciar.

Y los cambios siempre duelen, modificar lo habitual genera miedo e incertidumbre, sabernos diferentes provoca consternación y reconocer que los otros han cambiado también origina tristeza, melancolía.

Apesar de ello, creo firmemente que poder separar "la experiencia" de "la persona"
 y reflexionar sobre el cambio que generó en nosotros, es uno de los pasos que nos acerca un poco más a conectar con nosotros y nuestro propósito. 

Aún y cuando esa persona se vaya, se aleje, o bien seamos nosotros quiénes elijan
distancia; si soltamos, si renunciamos al apego, es entonces que haremos posible que la vivencia trascienda, pura y atemporal.

Es por esto que considero motivo de alegría e incluso celebración, brindar por cada encuentro y cada historia. Alzar la copa en honor a cada individuo que logró tocar las fibras de nuestro ser.

Elegir aferrarnos siempre a la experiencia de cada encuentro, más que a la persona a través de la cual llegó, nos invita a contemplar y celebrar la dicha de poder coincidir 💕

¡ Gracias por estar aquí !